Esta mañana, mientras libraba una ardua batalla con el brik de la leche, advertí la cantidad de facilidades que existen para entorpecer nuestra vida. El abrefácil es una de ellas.
Me pregunto a qué ingeniero de la NASA se le ocurriría semejante forma de impedir que podamos desayunar sin: a) derramar leche sobre la encimera, el suelo, nuestra ropa y la abuela, b) buscar unas tijeras que nunca están, c) cortarnos, d) optar por café solo.
Cuando me enfrento al brik, habitualmente voy equipada con algún tipo de arma blanca. Sin embargo, no siempre dispongo de ayuda.
En el caso de que me encuentre sola ante el brik, éste suele oponer una resistencia digna de un Panzer IV. Es prácticamente imposible romper su blindaje, y en el caso de que lo consiga, nunca podré abrir una brecha lo suficientemente grande como para que el líquido pueda salir al mismo tiempo que entra el aire y no diseminar la mayor parte de la leche sobre cualquier lugar que no sea la taza. Un festival lácteo sobre granito.
El abrefácil ha ido conquistando otros territorios, ahora hostiles para mí. Soy incapaz de abrir una lata de atún por completo sin sufrir ningún tipo de agravio. Nunca encuentro la flecha que indica el lugar exacto por donde debo abordar al jamón serrano. No puedo retirar la tapa de aluminio que viene bajo el tapón de plástico en las botellas sin utilizar algún instrumento cortante que, por supuesto, también me cortará a mí. Odio el ketchup, la mostaza, la mayonesa y cualquier otro tipo de salsa.
En realidad, no me parece nada asombroso que hayan inventado el abridor para abrefácil de latas. Un cacharro de plástico que cuesta unos 3 eurillos.
Aunque con la crisis, igual no nos da ni para las latas.
1 nov 2008
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